Suelta el control

Acompañar no siempre significa solucionar.

Cuando un hijo atraviesa un momento difícil, una madre puede sentir que tiene que hacer algo constantemente.

Buscar respuestas.
Encontrar al profesional adecuado.
Investigar.
Anticiparse.
Proteger.
Intentar que las cosas no vayan a peor.

Y todo nace de un lugar muy comprensible: el amor y el deseo de ayudar.

Pero hay una pregunta que puede ser importante hacerse:

¿Estoy acompañando a mi hijo o estoy intentando controlar lo que le está pasando?

Cuando ayudar se convierte en querer solucionarlo todo

Es fácil pensar que, si hacemos las cosas correctamente, podremos conseguir que nuestro hijo esté bien.

Y cuando esto no ocurre, aparece la frustración, la culpa o incluso la sensación de que no estamos haciendo suficiente.

Pero hay una realidad difícil de aceptar:

no todo lo que le ocurre a nuestro hijo está en nuestras manos.

Podemos acompañar, escuchar, poner límites, buscar ayuda y estar presentes.

Pero no podemos tomar sus decisiones, vivir sus emociones ni recorrer su camino por él.

Y aceptar esto no significa rendirse.

Significa poner nuestra energía en aquello sobre lo que sí podemos actuar.

¿Qué depende de mí?

A veces, parar y separar ambas cosas puede aportar mucha claridad.

Preguntarte:

¿Qué puedo hacer yo?
¿Qué no puedo controlar?
¿Qué estoy intentando cambiar que no depende de mí?
¿Desde dónde estoy actuando: desde la serenidad o desde el miedo?

No siempre podemos cambiar una situación, pero sí podemos decidir cómo queremos afrontarla.

Y ahí empieza un espacio de libertad.

Acompañar también es confiar

Acompañar a un hijo no significa tener todas las respuestas.

Significa poder estar a su lado sin sentir que tienes que solucionar cada dificultad que aparece.

A veces necesitará que le escuches.

Otras, que pongas un límite.

Otras, que busques ayuda.

Y en algunos momentos, quizá necesite simplemente saber que estás ahí.

Para poder ofrecerle esa presencia, tú también necesitas encontrar un lugar de calma y claridad.

Porque cuando actuamos únicamente desde el miedo, podemos terminar haciendo más de lo que realmente nos corresponde.

Cuando conseguimos parar, mirar y distinguir, podemos empezar a acompañar de otra manera.

Con menos miedo.
Con más claridad.
Con más confianza.

Volver la mirada hacia ti

Quizá la pregunta no sea solamente:

“¿Qué necesita mi hijo de mí?”

Sino también:

“¿Qué necesito yo para poder acompañarle como quiero?”

Cuidarte, conocerte y entender qué te está pasando no te aleja de tu hijo.

Te permite estar más presente.

Y quizá ese sea uno de los aprendizajes más importantes cuando atravesamos un proceso difícil:

No necesitas controlar el camino de tu hijo. Necesitas encontrar tu propio lugar para poder caminar a su lado.